La búsqueda de la autenticidad ha sido uno de los grandes anhelos del ser humano a lo largo de la historia. Queremos ser reconocidos, pero sobre todo, queremos reconocernos a nosotros mismos como seres genuinos y valiosos. Según el diccionario, la autenticidad se entiende como la cualidad de ser verdadero, genuino, real. Es mostrarnos como somos en esencia, sin pretender adoptar un disfraz para encajar o complacer a los demás. En psicología, este concepto está íntimamente ligado al proceso de autoconocimiento y autovaloración, ya que solo podemos ser auténticos cuando tenemos claridad sobre quiénes somos y lo que realmente valoramos.
Cuando aprendemos a apreciarnos y a valorarnos como personas, descubrimos que la autenticidad no es un ideal abstracto, sino una consecuencia natural de la aceptación personal. Carl Rogers, uno de los psicólogos humanistas más influyentes, planteaba que la persona auténtica es aquella que vive en coherencia con su experiencia interna, en lugar de ajustarse únicamente a las expectativas externas. Esto significa que, en la medida en que reconocemos nuestras emociones, fortalezas y límites, podemos actuar con mayor congruencia y libertad.
Valorar lo que somos implica un proceso consciente de explorar nuestra historia, nuestras creencias y nuestros talentos. No se trata solo de aceptar lo positivo, sino también de reconciliarnos con lo que consideramos defectos o vulnerabilidades. En esa mirada completa, surge el entendimiento de que nuestra diferencia respecto a los demás no es una carencia, sino un regalo. Precisamente, lo que nos distingue es lo que configura nuestra autenticidad.
La psicología positiva también aporta a esta reflexión al subrayar la importancia de identificar y potenciar nuestras fortalezas de carácter. Cuando conocemos aquello que hacemos bien, no solo fortalecemos la autoestima, sino que además ganamos seguridad para vivir de manera más auténtica, sin la constante necesidad de validación externa.
Ser auténticos no significa ser rígidos o intransigentes. Al contrario, implica un dinamismo en el que, desde la valoración personal, podemos adaptarnos a las circunstancias sin perder nuestra esencia. Es atrevernos a actuar de acuerdo con nuestros valores, aun cuando eso signifique ir en contra de la corriente.
En última instancia, la autenticidad florece cuando dejamos de buscar afuera la aprobación que ya podemos otorgarnos dentro. Es un acto de libertad y, al mismo tiempo, de profundo compromiso con nosotros mismos: reconocernos, aceptarnos y mostrarnos al mundo tal cual somos.
Si quieres contarme tu historia, escríbeme a reconecta.consultanathalia@gmail.com y nos tomamos un cafe.






